“Soy culpable, Señoría”
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Sé que cada vez que me veo al espejo, veo una mujer triste que puede expresar su sentir en líneas, pero nunca de frente; que soy tiernamente humillante y nadie lo ve; que soy una mujer sin planes: que me engalano y me mimo solo por dentro, en lo profundo de mi imaginación; que nunca protejo mi existir, porque me moriré de mil formas distintas antes de ir frente a Dios y decirle, “Heme aquí padre”; sé también que nunca me aparto del mal, porque lo creo yo misma.
Me aburren las personas que se creen diferentes cuando se muestran infantiles hasta el cansancio; me disgustan las rabietas que se forman a mi alrededor si no son fundamentadas en una realidad específicamente mía, sé que si te enrabias delante es que no tienes la capacidad de serenarme y así, me interesa menos que menos tu compañía. Me gusta dormir cuando los demás están despiertos y despertar cuando todos duermen para observar su respiración sin que mi mirada les afecte. Me encanta que me acaricien el cabello, las manos y los senos.
Amo mi propia música, la que me sale del alma cuando deseo escuchar un tímpano lleno de musicalidad, amo la música que me hace sentir triste y sugerente, tierna, aguerrida y desidiosa, amo la música que me trae recuerdos y lágrimas y que se fusiona con mi sentir, no importa, si es lo más de serena, o si la locura la invade como a mí, cuando me lloran los ojos de emoción y de sensibilidad. Me encanta disfrutar de cuatro paredes blancas, porque las suelo llenar con los sueños que se forman en los suspiros de mi pecho. Lo admito, soy romántica y lo seré hasta que se me calcinen los huesos o Dios rompa mi existir ante tus ojos. Todo me daña, hasta el respirar de quien no conozco, sobre todo cuando su mirada triste se confunde con la mía.
Disfruto de las películas cursis que me hablan de amor y de abandono; odio, cuando alguien dice delante de mi que los niños no conocen su sensualidad y su sexualidad, porque la niñez es la única que sabe que el hombre se forma de si mismo, en su más pura inocencia y cuando tiene edad para reírse de si mismo sin que nada le importe. Duermo demasiado cuando me harto del mundo a mí alrededor. No duermo si mi necesidad lo necesita, puedo durar días sin cerrar los ojos y seguir como si hubiera dormido semanas enteras sin mover un músculo.
Canto hacia dentro de mí, porque todos saben que mi voz es inservible. Río cuando mis hijos se sonríen de sus travesuras. Me dañan sus meticulosas formas de individualizarse porque tengo que lidiar con todos mis miedos al mismo tiempo, pero me hacen formarme mujer en cada uno de sus movimientos. Doy demasiado de mi y aún siento que no doy nada. Me gusta recibir un “hola Zule”, aunque pocas veces abro mi voz para decírmelo. Sé que soy egoísta, me gusta que me miren, sin verme. Me gustan mis caderas y mi cuerpo, pero no tengo suficiente con ser yo misma hasta que no me veo al espejo y miro mis ojos, sin ellos soy nada, y frente a ellos, mi cuerpo es solo una vasija informe e incierta.
Soy afortunada de tener hermanos y de que vivan lejos de mí, me harta su compañía cuando los veo pequeños en mi mente y son frente a mi, seres humanos que no conozco y que se defienden a si mismos sin importar mi presencia. Mi educación fue en su termino finalista, soy lo que quise ser en mi tiempo de niña, pero si pudiera, cambiaría lo que ahora soy porque me aburre hacer siempre las mismas cosas , los mismos días, a las mismas horas, en el mismo lugar. Me gusta el aire cuando mueve mis cabellos y me hace mover las manos para arrebatarle parte de sus caricias en mi rostro. No hay nadie más llena de fuego que yo, más que mi pareja, que se satisface aún en la distancia de un mundo impenetrable. Me sé su mujer y eso me satisface mucho más que sentir una brusca caricia y un vacio en lo profundo de mi interior.
Me encanta bailar, aunque no sé, si mover los pies de un lado a otro se llame baile. Me encanta tener mis manos atadas con mil cerrojos para ver como intentan abrirlas y como se escandalizan cuando de ellas surgen palabras que les invitan a mi intimidad más profunda. No soy bella, ni me han regalado nunca una flor de verdad, pero las flores que atesoro en mi mundo particular son tan hermosas como la mirada de quien las deja caer en lo ingrato de mi belleza mujeril. Poseo mil cadenas y candados que me supeditan gritarle al viento que soy mujer, pero me encanta gritarle al silencio y desafiarlo para que me haga llorar mil veces cada error de saberme atada por mi misma.
Me gusta la gente malvada que provoca que mi razonamiento despierte, pero me disgusta ver como el hombre hiere al ser humano y no puedo hacer nada por evitarlo. Sé que soy culpable de ello, porque lo dejo pasar y sé que alguna vez, me lo cobraran al doble y será tan nimio el cobro que ya mismo sé, que con nada pagaré ese daño. Nunca me he acostado sobre el césped verde, tengo miedo de que mi cuerpo se vuelva de ese color y me confundan cortándome a destajo, cual simple hierbajo.
Amo ver en mi mente mil formas aunque mi vista no es muy buena; uso lentillas para presumir mis ojos y las dejo cuando necesito esconderme de mi lengua. Me gusta ver el cielo y algunas veces, cuando levanto mi vista, Dios me saluda diciéndome “Estúpida, lo vez todos los días y aún así te llena de soledad.”
La soledad, es mi mejor amiga, vive, come y respira conmigo, aunque de tiempo acá, hay un hombre que posee mi imaginación, mis caricias y mis sentidos más profundos al grado de hacerme rabiar y chillar como recién nacida. Me encantan sus celos sin habla y su habla cuando cela presuroso mi compañía.
Me encantan los zapatos de tacón y si son rojos, se me dispara la sensualidad, aunque mis pies, siempre van lo más de descalzos. Nunca uso cremas, ni seco mi piel cuando me ducho, tampoco seco mi cabello, siempre dejo que la humedad viaje conmigo hasta consumirse valientemente sobre mí. El agua es el mismo demonio, sabe que me gusta gozar de la humedad en mí. Nunca voy a fiestas porque no las disfruto, si lo hago es por obligación, yo prefiero sentarme con un libro en la mano que cuente la vida de un ser que soñó con formar una historia para que yo la leyera y supiera de su existencia.
Nada me da más vergüenza que ver a los ojos de mi madre, porque sé que espera un abrazo mío y yo no tengo voluntad para dárselo; cuando lo hago, la vida mía se agolpa culpándome. Mi madre es la mujer más queda del mundo, nunca me ha dicho que me ama, pero yo la amo a rabiar y por eso tengo miedo de tocarla. Tuve tres padres, aunque a mi padre biológico aún lo sigo esperando para darle una bofetada y luego largarme sin volver la vista atrás, como él lo hizo conmigo. Ya lo sé, soy beligerante, intolerante, egoísta, pero tengo sentimientos y jamás le perdonaré largarse sin mí, dejándome vacía de su cariño y con esta carga que pesa cada día más sobre mi espalda.
Mi padre es mi padre, sé que me tuvo y me perdió, pero también los otros dos tuvieron la oportunidad y nunca pudieron verme de frente para ganarse mi cariño. Yo los perdono, fue su vida las que los hizo ser así, aunque se llevaron la mía entre las manos sin importarles lo que yo sintiera, pero yo les amo por ser parte de mi compañía. Ahora, cada uno paga lo suyo, mientras yo los destruyo en mi imaginación y los mato en mi conciencia. Me hiere, pero la vida es así de estúpida y nunca puede uno con ella si no carga con sus propios errores. El mío, fue haberles dicho que eran mis padres y amarlos, así que es justo que ahora les crea confiados en su propio castigo, aunque la que se auto-castiga soy yo misma.
Sé que a veces soy capaz de hacer muchas cosas y no las hago. Soy revanchista, si no me pides las cosas a mi modo, te haré la vida imposible para alcanzarlas, porque lo que yo hago es hacer que las tomes por ti mismo cuando de verdad las necesitas, me importa poco si me vez con cara de fuchi-floja, yo sé que para ti es mejor pararte y tomar, que tender la mano para obtener lo que no tienes por voluntad propia. Me encanta sentir la tierra en mis pies, ver como mis piernas se tornan blancas si me siento en el piso con una borla de hilos para ver su color y sentir su ternura. Me encantan los jazmines en mi jardín, su olor me transforma y me transporta.
Disfruto del aroma del café, aunque si lo tomo, lo prefiero solo pintado en la leche. No me gusta sentir su sabor amargo, ni amargar mi boca con su proceder, el café es para beberse a sorbitos y saborear las sombras que lo acompañan y para eso no se necesita que lo negro profundice en mi gnosis, solo que lo aromatice, ya bastante negras son mi imaginación y mi conciencia. Odio el té, aunque odiar es una palabra superflua, la verdad tendría que decir que amo el té cuando deseo tomarlo, más no cuando lo debo beber por obligación. La obligación es una cagada a expensas de otros y yo soy ternera por voluntad, no por capricho.
Muchas veces veo los contenedores de basura y me digo si no estará Zulema ahí metida, luego volteo la vista a otro lado y nada hago por buscarla, ahí dentro va andando a pedacitos que no sirven, pero que la forman. No sé si ella lo sabrá, pero vive dentro de la basura de cada uno de los seres del mundo. Me gustan los perros, aunque hay una perra cabrona que ahora mismo, se roba los besos de mi hombre y me muerde las nalgas cuando me descuido solo para reafirmar que compartimos el mismo amor hacia un ser humano. Me gustan los gatos, aunque los gatos y yo, solo nos llevamos bien, cuando tengo calentura en el cuerpo. Los gatos son los mejores maestros para marcar la espalda de un hombre y a mi me gustan mis uñas.
Me gusta comer hielo triturado con vainilla. Adoro la vainilla. Amo la vainilla. Hay pocas cosas que me hagan venerar un sabor tan exquisito en mi paladar, si un día te toca invitarme una bebida, combina leche y vainilla y seré tu esclava por toda la eternidad, o al menos, hasta que tenga otro vaso de leche en mis manos y le meta un dedo dentro para llevarlo luego a mis labios para saborear y oler un mundo avainillado. Muchas veces siento el paladar lleno de nostalgia y soledad, pero llenarlo de humedad con mis lágrimas siempre me lleva a querer beber vainilla para consolarme así; ya lo sé, es obtuso lo que digo, la soledad no se me quitará así, pero yo soy una mujer indulgente conmigo misma, me gusta la sencillez y llenar mis sentimientos con lo que a mi me complace y a mí me place nacerme de mil formas irrisorias porque yo soy así.
Hay tanto grito reprimido a mi alrededor, que amo la soledad porque trae paz a mi espíritu inquieto. Me gusta el silencio para gritarle hasta sofocarlo. Muchas veces me han dicho que eso me hace daño pero nada me hace más daño que la palabra “lárgate”, lo demás no tiene importancia, ni me hace perderme. A veces me gustan los números, pero enumerarlos no se me da muy bien, es una idiotez contar números, cuando estos se hicieron para contar otras cosas y no a si mismos. Soy contadora y me aburre. Hace tiempo que decidí dejar de contar los sueños, todos se me evaporan en las manos, pero puedo contar dentro de mí, cada uno de mis momentos más emotivos y personales sin que los demás puedan notarlos, ni imaginarlos. Vivo dentro de mí, mucho mejor que al lado de otros que no saben ver quien soy. Tengo la vida formada de mil maneras distintas. Un día soy reyna y soberana de la galaxia más extrema, otro solo pasajera de un cometa enamorado, pero en todos los lugares soy solamente una proxeneta de mis propios sentimientos y no lleves la mano a tu boca intentando contener la carcajada, tú eres más alcahuete que yo misma, porque en tu cuerpo viven los más impuros sentimientos intentando convertirse.
Desconozco muchas veces de donde me brotan las palabras y tengo que leerme a mi misma dos veces para diferenciar a la mujer que miente de la que no miente. La que miente siempre gana cuando habla de realidad, la real, siempre pierde cuando dice mentiras que la ofenden. Pocas cosas me ofenden. Muchas me dañan. De todas aprendo nada; siempre caigo y tropiezo, tropiezo y caigo mil veces, con lo mismo; me encantan las piedras en mi zapato, me reafirman que soy yo.
Me gusta la mediocridad, es más sincera que sentarme en la abundancia de las cosas porque nunca tengo suficiente de ellas y eso me hace avara de mi misma. Puedo escribir y copiar a otros, pero prefiero quedarme con las imágenes en mi memoria para destruirlas cuando lo crea necesario. Aunque hay un hombre que me hace respetar sus manos porque forma alas en cada uno de sus dedos y a mí, su boca me provoca querer besárselas a mordiditas, no se porque, pero me basta saberlo de esa manera y sé que lo sabe; es un loco enamorado de los colores y las formas y los locos siempre se reconocen cuando la oscuridad se supedita estallando en carcajadas.
También tengo un hombre delante de mí que ha pintado mi rostro, como si fuera Miguel Ángel pintando la capilla Sixtina. Jodía, no sé quien soy ahora, verlo dibujarme me transformo, tengo mil sonrisas al rostro y él lo sabe. Quiero tocar sus manos, solo para decirle te se. Sé que lo sabe, me lo dice cuando sonríe o cuando arquea sus ojos deseando darme un traste en el trasero o un beso en lo más profundo de mis labios. Jodía, sé que lo leerá y no me importa, hasta me gusta pensar ya en la comisura que se formará alrededor de sus labios, intentando contener su carcajada; no si no penséis mal, es el diablo en persona, encontró la forma para que me carcajee abiertamente y me gusta, siempre me ha gustado reírme de mi misma.
También me gustan los viajes aunque pocas veces he viajado conmigo misma. Mi reto más corto, es pintarme las uñas. Me gusta el rojo sideral sobre ellas, aunque me tardo más en pintarlas que en despintarlas. Me puedo reír de mis propias locuras sin cansarme, pero si ríen de mi, me carcajeo; sé que se forman una imagen que yo misma les doy y que será poco probable que alguna vez conozcan quien soy si no me ven a los ojos. ¡Maldito Gato!, sabe que lo sigo sin dilación. “El Gato”, es un tipo raro, conoce mi necesidad de saberlo y observarlo; conozco uno solo de sus movimientos y lo llevo en la retina como espejo. Los espejos son extraños, dibujan a conciencia mis propias sombras. “El Gato” es un tipo raro, llora por dentro y ríe de dientes afuera. Siempre se forma un movimiento caduco en la comisura de su boca.
Mis reflejos en los cristales, son extraños, el de los espejos más; a lo mejor soy un vampiro clonado de una de sus hembras y un lobo y por eso no puedo verme a mi misma, pero aúllo de noche por mero capricho. Me gusta leer, aunque a veces atesoro cosas sin leerlas sólo porque llamaron mi atención las palabras sobrepuestas. Tengo un par de flores marcadas en mis pechos, los pétalos son corolas negras, sus pistilos, pompones traicioneros. No sé si soy reformista, me conformo con el paso del tiempo sobre mis hombros, pero ¡cabrón, como pesa!
Me gusta reírme poco, lo suficiente para formar una línea en mis labios; quienes ansían verme reír a carcajadas, siempre me pierden, no se vivir así y yo misma les alejo. Aunque conozco una sola persona que me hace reír y reírme a su lado así, libre y abierta; me tiene sofocada y me gusta. Se me pegan sus palabras como a él las mías.
Mi dolor más grande, es saber que mi hija tiene en la cabeza morir de amor y sé que el amor la hará sufrir; es como yo, una mujer ilusa, cree en el amor en toda su magnitud, yo se lo enseñe así. Es mi mayor orgullo, supe sin saber y sabiendo cuando la procree, aún antes que nadie. Me lo dijo el viento, en una noche de lodo y estrellas que se eternizaron en mi garganta. Van a ser 15 años de ese instante donde me sentí confabulada con Dios y con el universo entero. Tengo dos hijos más y mil hijos adoptivos. Sé cuando mi otra hija, trae amigo o novio si quieres llamarle así, siempre me dicen: “verdad que usted es mi tía Zulema”, lepa cabrona, le he contado seis, los trae como trapeador, no es bueno para su madre, pero a ella, le hace sentirse mujer; a esa edad los novios van y vienen, aunque ella dice, que solo son amigos pero veo y sé como le brillan sus ojos cuando los conquista; jajajjaja me da risa cuando luego los manda al diablo, diciéndome: “madre, se amplía tu familia”, me parece que solo intenta conocer hasta donde puede atraerlos. Ama a un chiquillo, por ser tierno con ella, aunque eso la descoloca, intenta ser ruda y quiere gobernar el mundo, pero no sabe que su ternura es la que los atrae; aunque es una perra la condenada, les ladra y los muerde como si no existiera otra cosa mejor que hacer. Sus novios, son niños de jardín; el noviazgo de inocentes, siempre es hermoso. Yo nunca tuve un novio inocente, de hecho tampoco de los otros, pero es cosa del pasado; a veces cuando la observo, veo atrás y pienso en algunos amigos; sobre todo, cuando se le forman hoyuelos en sus mejillas; suelo recordarlos al recordar sus propios noviazgos; siempre era yo su confidente, de ellos aprendí cosas inusuales, desde saber parar la trompa en una trompeta vieja y montarme en un columpio inexistente, hasta ver la soledad a media sonrisa de sus bocas. Eran hermosos cuando sonreían en su propio entorno de locura. La locura es una utopía, se pellizca la mejillas a si misma para despertarse y luego suelta la carcajada montándose sobre su propia espalda.
Estoy viva o eso dicen. Pero tengo un hijo más vivo que yo, le gusta recibir besos en sus pies, cuando sea grande, lo va a desbocar. Malhaya si no encuentra una mujer que le encuentre esa sonrisa de satisfacción animal que ya se le descubre en el cuerpo.
Mi hijo es un ser hermoso, tal vez como su padre. Tierno y cariñoso como solo ellos dos saben; aunque, no sé mucho de ternura, solo sé que al verlos juntos, deslumbran al sol y le dan forma a las estrellas más raras.
Puedo confiarles mi vida sin temer. Mi hijo es un hombre a los 10 años. Ya sabe lo que es perder seres queridos y quererlos hasta el fin del tiempo. Tiene un carácter de los mil diablos, pero es sencillo como ninguno. Le gusta el fútbol y no sé de donde lo saco; a veces me sorprende viéndome fijamente y me pregunto si mi locura no lo contagio. Es un mudo insurrecto, vive fuera de casa y muere en ella; no sabe convivir quieto, tiene una imaginación intolerante, que no sé como canalizar aún. Espero no perderle en ese sentido. Tengo miedo de no ser una buena madre para él y encausarlo, pero sé que su padre le lleva por buen camino. Su ternura es sinónimo de hombría. Me gustan los hombres tiernos, me hacen querer ser pantera y gata, aunque me vuelven mejor una perra con doble fila de dientes. Hay pocos seres humanos capaces de transformarme en perra, sus ojos son fuente de mil afluentes y yo soy perra si los hieren. Mi hijo tiene una novia de siempre, creo que cuando el destino lo mande, la traerá a casa; es su destino, al menos por ahora, si Dios dispone otra cosa, será extraño, ella vive con nosotros desde los 5 años, mi hijo la trajo a casa pintada en una hoja del jardín de niños y aún duerme con ella bajo su almohada. Mi hijo siempre será mi bebe, su mundo va a empezar a cambiar pronto, pero amar tanto a una mujer y esperarla de esa forma, siempre redunda en ver brillar sus ojos. El la ama y yo también. Mal rayo me parta, son dos niños que crecen a mi vera y yo soy la romanza misma de las tormentas.
Tengo otra hija, una que nació del vientre de otra mujer y nació para robarse el destino de su propia conciencia. Es un bombón enojado y furioso, cuando canalice su materialidad será toda una mujer, lo sabe y se prepara para ello. Su madre es una mula, siempre lo ha sido; ojala pronto encuentre su sueño, se lo trozaron una noche y nunca la he visto más triste que entonces. Su vida es un pasaje insospechable, nadie entra, nadie sale, aunque vivimos dentro de ella, como aquella felicidad que se le escapo de las manos y que la mantiene curiosamente cuerda. Tengo demasiados hijos, demasiada familia, demasiados conocidos, todos son tan distintos como yo misma. Contarlos uno a uno, sería vivir de nuevo y prefiero perder el tiempo en verlos a los ojos que verlos morir en mi memoria.
Amo al hombre, pero no soy su madre, solo su esclava más innecesaria. Amo al hombre que me sofoca en la meta de mi destino, no lo conozco pero sé que existe. Algunas veces lo creo en mi palabra, otras en mi memoria, otras en el brillo de mis ojos. Algunas veces lo desafío y encuentro su rabia, no me preocupa, sé que se conoce a si mismo, que llegará a mis manos, cuando su madurez le sea la cuerda de un camino de dos soles y dos lunas; ya hace 40 años que vaga por propio capricho, pero le tendré a mi lado cuando ambos estemos listos para admitirlo, no antes, ni después. Espero que sea más antes que después, ya me debe 40 años de vagancia y su cuenta se hace cada vez más grande. Cabrón, si sigue tardando lo acusaré con su abuela, de seguro le tirará las orejas y la lengua y le dirá que es hora de sentar cabeza; su abuela me encanta, de seguro ha de estar panchando con la mía y tejiendo chambritas llenas de estrellas.
Mi vida es irritable e irrisoria, camina en sombras y en oscuridad aunque la luz viva frente a mí y tras mío. El médico de mi pueblo lo sabe, nunca me ha visto en su consultorio. Tampoco me ha visto el cura, pero ambos saben que en algún momento, les visitare; al primero para ser madre de aquel destinado para mí; al segundo para mentarle la madre y decirle que Dios es un escupitajo, pero que aún así es lo máximo sobre la tierra y en el universo de los sueños irreales.
El diablo es otra cosa, ese bruto me conoce; sabe del pie del cual cojeo y cual mano puede abofetearlo, así que no me preocupa, ya conoce lo que soy y sabe con que puede sonsacarme y hasta donde puedo llegar por morderle la cola y robarle los cuernos. Después de todo, soy una ladrona de hechos y los hechos míos solo son plumas sin tinta.
¡Dios, amo mi vida y odio la existencia tan irreal de mi propia cordura.!
Odio la mediocridad de mi vida, pero la amo tal cual es, porque me forma una mirada caracolera que sofoca mi propio existir cuando la encuentro.
Yo también puedo decirle al mundo que lo odio y lo amo; total, soy culpable de todos los hechos de la historia del hombre y darle razón sin justificar mi carcajada, sería herir al tiempo que todos llaman futuro. Ya lo sé, el futuro no existe, se crea; pero Yo Zulema lo forme en mi pasado, por eso no me interesa lo que me digan de él, ¡por eso puedo morir ahora mismo y decir en el transcurso de mi propio juicio. “Soy culpable, Señoría”!
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Me aburren las personas que se creen diferentes cuando se muestran infantiles hasta el cansancio; me disgustan las rabietas que se forman a mi alrededor si no son fundamentadas en una realidad específicamente mía, sé que si te enrabias delante es que no tienes la capacidad de serenarme y así, me interesa menos que menos tu compañía. Me gusta dormir cuando los demás están despiertos y despertar cuando todos duermen para observar su respiración sin que mi mirada les afecte. Me encanta que me acaricien el cabello, las manos y los senos.
Amo mi propia música, la que me sale del alma cuando deseo escuchar un tímpano lleno de musicalidad, amo la música que me hace sentir triste y sugerente, tierna, aguerrida y desidiosa, amo la música que me trae recuerdos y lágrimas y que se fusiona con mi sentir, no importa, si es lo más de serena, o si la locura la invade como a mí, cuando me lloran los ojos de emoción y de sensibilidad. Me encanta disfrutar de cuatro paredes blancas, porque las suelo llenar con los sueños que se forman en los suspiros de mi pecho. Lo admito, soy romántica y lo seré hasta que se me calcinen los huesos o Dios rompa mi existir ante tus ojos. Todo me daña, hasta el respirar de quien no conozco, sobre todo cuando su mirada triste se confunde con la mía.
Disfruto de las películas cursis que me hablan de amor y de abandono; odio, cuando alguien dice delante de mi que los niños no conocen su sensualidad y su sexualidad, porque la niñez es la única que sabe que el hombre se forma de si mismo, en su más pura inocencia y cuando tiene edad para reírse de si mismo sin que nada le importe. Duermo demasiado cuando me harto del mundo a mí alrededor. No duermo si mi necesidad lo necesita, puedo durar días sin cerrar los ojos y seguir como si hubiera dormido semanas enteras sin mover un músculo.
Canto hacia dentro de mí, porque todos saben que mi voz es inservible. Río cuando mis hijos se sonríen de sus travesuras. Me dañan sus meticulosas formas de individualizarse porque tengo que lidiar con todos mis miedos al mismo tiempo, pero me hacen formarme mujer en cada uno de sus movimientos. Doy demasiado de mi y aún siento que no doy nada. Me gusta recibir un “hola Zule”, aunque pocas veces abro mi voz para decírmelo. Sé que soy egoísta, me gusta que me miren, sin verme. Me gustan mis caderas y mi cuerpo, pero no tengo suficiente con ser yo misma hasta que no me veo al espejo y miro mis ojos, sin ellos soy nada, y frente a ellos, mi cuerpo es solo una vasija informe e incierta.
Soy afortunada de tener hermanos y de que vivan lejos de mí, me harta su compañía cuando los veo pequeños en mi mente y son frente a mi, seres humanos que no conozco y que se defienden a si mismos sin importar mi presencia. Mi educación fue en su termino finalista, soy lo que quise ser en mi tiempo de niña, pero si pudiera, cambiaría lo que ahora soy porque me aburre hacer siempre las mismas cosas , los mismos días, a las mismas horas, en el mismo lugar. Me gusta el aire cuando mueve mis cabellos y me hace mover las manos para arrebatarle parte de sus caricias en mi rostro. No hay nadie más llena de fuego que yo, más que mi pareja, que se satisface aún en la distancia de un mundo impenetrable. Me sé su mujer y eso me satisface mucho más que sentir una brusca caricia y un vacio en lo profundo de mi interior.
Me encanta bailar, aunque no sé, si mover los pies de un lado a otro se llame baile. Me encanta tener mis manos atadas con mil cerrojos para ver como intentan abrirlas y como se escandalizan cuando de ellas surgen palabras que les invitan a mi intimidad más profunda. No soy bella, ni me han regalado nunca una flor de verdad, pero las flores que atesoro en mi mundo particular son tan hermosas como la mirada de quien las deja caer en lo ingrato de mi belleza mujeril. Poseo mil cadenas y candados que me supeditan gritarle al viento que soy mujer, pero me encanta gritarle al silencio y desafiarlo para que me haga llorar mil veces cada error de saberme atada por mi misma.
Me gusta la gente malvada que provoca que mi razonamiento despierte, pero me disgusta ver como el hombre hiere al ser humano y no puedo hacer nada por evitarlo. Sé que soy culpable de ello, porque lo dejo pasar y sé que alguna vez, me lo cobraran al doble y será tan nimio el cobro que ya mismo sé, que con nada pagaré ese daño. Nunca me he acostado sobre el césped verde, tengo miedo de que mi cuerpo se vuelva de ese color y me confundan cortándome a destajo, cual simple hierbajo.
Amo ver en mi mente mil formas aunque mi vista no es muy buena; uso lentillas para presumir mis ojos y las dejo cuando necesito esconderme de mi lengua. Me gusta ver el cielo y algunas veces, cuando levanto mi vista, Dios me saluda diciéndome “Estúpida, lo vez todos los días y aún así te llena de soledad.”
La soledad, es mi mejor amiga, vive, come y respira conmigo, aunque de tiempo acá, hay un hombre que posee mi imaginación, mis caricias y mis sentidos más profundos al grado de hacerme rabiar y chillar como recién nacida. Me encantan sus celos sin habla y su habla cuando cela presuroso mi compañía.
Me encantan los zapatos de tacón y si son rojos, se me dispara la sensualidad, aunque mis pies, siempre van lo más de descalzos. Nunca uso cremas, ni seco mi piel cuando me ducho, tampoco seco mi cabello, siempre dejo que la humedad viaje conmigo hasta consumirse valientemente sobre mí. El agua es el mismo demonio, sabe que me gusta gozar de la humedad en mí. Nunca voy a fiestas porque no las disfruto, si lo hago es por obligación, yo prefiero sentarme con un libro en la mano que cuente la vida de un ser que soñó con formar una historia para que yo la leyera y supiera de su existencia.
Nada me da más vergüenza que ver a los ojos de mi madre, porque sé que espera un abrazo mío y yo no tengo voluntad para dárselo; cuando lo hago, la vida mía se agolpa culpándome. Mi madre es la mujer más queda del mundo, nunca me ha dicho que me ama, pero yo la amo a rabiar y por eso tengo miedo de tocarla. Tuve tres padres, aunque a mi padre biológico aún lo sigo esperando para darle una bofetada y luego largarme sin volver la vista atrás, como él lo hizo conmigo. Ya lo sé, soy beligerante, intolerante, egoísta, pero tengo sentimientos y jamás le perdonaré largarse sin mí, dejándome vacía de su cariño y con esta carga que pesa cada día más sobre mi espalda.
Mi padre es mi padre, sé que me tuvo y me perdió, pero también los otros dos tuvieron la oportunidad y nunca pudieron verme de frente para ganarse mi cariño. Yo los perdono, fue su vida las que los hizo ser así, aunque se llevaron la mía entre las manos sin importarles lo que yo sintiera, pero yo les amo por ser parte de mi compañía. Ahora, cada uno paga lo suyo, mientras yo los destruyo en mi imaginación y los mato en mi conciencia. Me hiere, pero la vida es así de estúpida y nunca puede uno con ella si no carga con sus propios errores. El mío, fue haberles dicho que eran mis padres y amarlos, así que es justo que ahora les crea confiados en su propio castigo, aunque la que se auto-castiga soy yo misma.
Sé que a veces soy capaz de hacer muchas cosas y no las hago. Soy revanchista, si no me pides las cosas a mi modo, te haré la vida imposible para alcanzarlas, porque lo que yo hago es hacer que las tomes por ti mismo cuando de verdad las necesitas, me importa poco si me vez con cara de fuchi-floja, yo sé que para ti es mejor pararte y tomar, que tender la mano para obtener lo que no tienes por voluntad propia. Me encanta sentir la tierra en mis pies, ver como mis piernas se tornan blancas si me siento en el piso con una borla de hilos para ver su color y sentir su ternura. Me encantan los jazmines en mi jardín, su olor me transforma y me transporta.
Disfruto del aroma del café, aunque si lo tomo, lo prefiero solo pintado en la leche. No me gusta sentir su sabor amargo, ni amargar mi boca con su proceder, el café es para beberse a sorbitos y saborear las sombras que lo acompañan y para eso no se necesita que lo negro profundice en mi gnosis, solo que lo aromatice, ya bastante negras son mi imaginación y mi conciencia. Odio el té, aunque odiar es una palabra superflua, la verdad tendría que decir que amo el té cuando deseo tomarlo, más no cuando lo debo beber por obligación. La obligación es una cagada a expensas de otros y yo soy ternera por voluntad, no por capricho.
Muchas veces veo los contenedores de basura y me digo si no estará Zulema ahí metida, luego volteo la vista a otro lado y nada hago por buscarla, ahí dentro va andando a pedacitos que no sirven, pero que la forman. No sé si ella lo sabrá, pero vive dentro de la basura de cada uno de los seres del mundo. Me gustan los perros, aunque hay una perra cabrona que ahora mismo, se roba los besos de mi hombre y me muerde las nalgas cuando me descuido solo para reafirmar que compartimos el mismo amor hacia un ser humano. Me gustan los gatos, aunque los gatos y yo, solo nos llevamos bien, cuando tengo calentura en el cuerpo. Los gatos son los mejores maestros para marcar la espalda de un hombre y a mi me gustan mis uñas.
Me gusta comer hielo triturado con vainilla. Adoro la vainilla. Amo la vainilla. Hay pocas cosas que me hagan venerar un sabor tan exquisito en mi paladar, si un día te toca invitarme una bebida, combina leche y vainilla y seré tu esclava por toda la eternidad, o al menos, hasta que tenga otro vaso de leche en mis manos y le meta un dedo dentro para llevarlo luego a mis labios para saborear y oler un mundo avainillado. Muchas veces siento el paladar lleno de nostalgia y soledad, pero llenarlo de humedad con mis lágrimas siempre me lleva a querer beber vainilla para consolarme así; ya lo sé, es obtuso lo que digo, la soledad no se me quitará así, pero yo soy una mujer indulgente conmigo misma, me gusta la sencillez y llenar mis sentimientos con lo que a mi me complace y a mí me place nacerme de mil formas irrisorias porque yo soy así.
Hay tanto grito reprimido a mi alrededor, que amo la soledad porque trae paz a mi espíritu inquieto. Me gusta el silencio para gritarle hasta sofocarlo. Muchas veces me han dicho que eso me hace daño pero nada me hace más daño que la palabra “lárgate”, lo demás no tiene importancia, ni me hace perderme. A veces me gustan los números, pero enumerarlos no se me da muy bien, es una idiotez contar números, cuando estos se hicieron para contar otras cosas y no a si mismos. Soy contadora y me aburre. Hace tiempo que decidí dejar de contar los sueños, todos se me evaporan en las manos, pero puedo contar dentro de mí, cada uno de mis momentos más emotivos y personales sin que los demás puedan notarlos, ni imaginarlos. Vivo dentro de mí, mucho mejor que al lado de otros que no saben ver quien soy. Tengo la vida formada de mil maneras distintas. Un día soy reyna y soberana de la galaxia más extrema, otro solo pasajera de un cometa enamorado, pero en todos los lugares soy solamente una proxeneta de mis propios sentimientos y no lleves la mano a tu boca intentando contener la carcajada, tú eres más alcahuete que yo misma, porque en tu cuerpo viven los más impuros sentimientos intentando convertirse.
Desconozco muchas veces de donde me brotan las palabras y tengo que leerme a mi misma dos veces para diferenciar a la mujer que miente de la que no miente. La que miente siempre gana cuando habla de realidad, la real, siempre pierde cuando dice mentiras que la ofenden. Pocas cosas me ofenden. Muchas me dañan. De todas aprendo nada; siempre caigo y tropiezo, tropiezo y caigo mil veces, con lo mismo; me encantan las piedras en mi zapato, me reafirman que soy yo.
Me gusta la mediocridad, es más sincera que sentarme en la abundancia de las cosas porque nunca tengo suficiente de ellas y eso me hace avara de mi misma. Puedo escribir y copiar a otros, pero prefiero quedarme con las imágenes en mi memoria para destruirlas cuando lo crea necesario. Aunque hay un hombre que me hace respetar sus manos porque forma alas en cada uno de sus dedos y a mí, su boca me provoca querer besárselas a mordiditas, no se porque, pero me basta saberlo de esa manera y sé que lo sabe; es un loco enamorado de los colores y las formas y los locos siempre se reconocen cuando la oscuridad se supedita estallando en carcajadas.
También tengo un hombre delante de mí que ha pintado mi rostro, como si fuera Miguel Ángel pintando la capilla Sixtina. Jodía, no sé quien soy ahora, verlo dibujarme me transformo, tengo mil sonrisas al rostro y él lo sabe. Quiero tocar sus manos, solo para decirle te se. Sé que lo sabe, me lo dice cuando sonríe o cuando arquea sus ojos deseando darme un traste en el trasero o un beso en lo más profundo de mis labios. Jodía, sé que lo leerá y no me importa, hasta me gusta pensar ya en la comisura que se formará alrededor de sus labios, intentando contener su carcajada; no si no penséis mal, es el diablo en persona, encontró la forma para que me carcajee abiertamente y me gusta, siempre me ha gustado reírme de mi misma.
También me gustan los viajes aunque pocas veces he viajado conmigo misma. Mi reto más corto, es pintarme las uñas. Me gusta el rojo sideral sobre ellas, aunque me tardo más en pintarlas que en despintarlas. Me puedo reír de mis propias locuras sin cansarme, pero si ríen de mi, me carcajeo; sé que se forman una imagen que yo misma les doy y que será poco probable que alguna vez conozcan quien soy si no me ven a los ojos. ¡Maldito Gato!, sabe que lo sigo sin dilación. “El Gato”, es un tipo raro, conoce mi necesidad de saberlo y observarlo; conozco uno solo de sus movimientos y lo llevo en la retina como espejo. Los espejos son extraños, dibujan a conciencia mis propias sombras. “El Gato” es un tipo raro, llora por dentro y ríe de dientes afuera. Siempre se forma un movimiento caduco en la comisura de su boca.
Mis reflejos en los cristales, son extraños, el de los espejos más; a lo mejor soy un vampiro clonado de una de sus hembras y un lobo y por eso no puedo verme a mi misma, pero aúllo de noche por mero capricho. Me gusta leer, aunque a veces atesoro cosas sin leerlas sólo porque llamaron mi atención las palabras sobrepuestas. Tengo un par de flores marcadas en mis pechos, los pétalos son corolas negras, sus pistilos, pompones traicioneros. No sé si soy reformista, me conformo con el paso del tiempo sobre mis hombros, pero ¡cabrón, como pesa!
Me gusta reírme poco, lo suficiente para formar una línea en mis labios; quienes ansían verme reír a carcajadas, siempre me pierden, no se vivir así y yo misma les alejo. Aunque conozco una sola persona que me hace reír y reírme a su lado así, libre y abierta; me tiene sofocada y me gusta. Se me pegan sus palabras como a él las mías.
Mi dolor más grande, es saber que mi hija tiene en la cabeza morir de amor y sé que el amor la hará sufrir; es como yo, una mujer ilusa, cree en el amor en toda su magnitud, yo se lo enseñe así. Es mi mayor orgullo, supe sin saber y sabiendo cuando la procree, aún antes que nadie. Me lo dijo el viento, en una noche de lodo y estrellas que se eternizaron en mi garganta. Van a ser 15 años de ese instante donde me sentí confabulada con Dios y con el universo entero. Tengo dos hijos más y mil hijos adoptivos. Sé cuando mi otra hija, trae amigo o novio si quieres llamarle así, siempre me dicen: “verdad que usted es mi tía Zulema”, lepa cabrona, le he contado seis, los trae como trapeador, no es bueno para su madre, pero a ella, le hace sentirse mujer; a esa edad los novios van y vienen, aunque ella dice, que solo son amigos pero veo y sé como le brillan sus ojos cuando los conquista; jajajjaja me da risa cuando luego los manda al diablo, diciéndome: “madre, se amplía tu familia”, me parece que solo intenta conocer hasta donde puede atraerlos. Ama a un chiquillo, por ser tierno con ella, aunque eso la descoloca, intenta ser ruda y quiere gobernar el mundo, pero no sabe que su ternura es la que los atrae; aunque es una perra la condenada, les ladra y los muerde como si no existiera otra cosa mejor que hacer. Sus novios, son niños de jardín; el noviazgo de inocentes, siempre es hermoso. Yo nunca tuve un novio inocente, de hecho tampoco de los otros, pero es cosa del pasado; a veces cuando la observo, veo atrás y pienso en algunos amigos; sobre todo, cuando se le forman hoyuelos en sus mejillas; suelo recordarlos al recordar sus propios noviazgos; siempre era yo su confidente, de ellos aprendí cosas inusuales, desde saber parar la trompa en una trompeta vieja y montarme en un columpio inexistente, hasta ver la soledad a media sonrisa de sus bocas. Eran hermosos cuando sonreían en su propio entorno de locura. La locura es una utopía, se pellizca la mejillas a si misma para despertarse y luego suelta la carcajada montándose sobre su propia espalda.
Estoy viva o eso dicen. Pero tengo un hijo más vivo que yo, le gusta recibir besos en sus pies, cuando sea grande, lo va a desbocar. Malhaya si no encuentra una mujer que le encuentre esa sonrisa de satisfacción animal que ya se le descubre en el cuerpo.
Mi hijo es un ser hermoso, tal vez como su padre. Tierno y cariñoso como solo ellos dos saben; aunque, no sé mucho de ternura, solo sé que al verlos juntos, deslumbran al sol y le dan forma a las estrellas más raras.
Puedo confiarles mi vida sin temer. Mi hijo es un hombre a los 10 años. Ya sabe lo que es perder seres queridos y quererlos hasta el fin del tiempo. Tiene un carácter de los mil diablos, pero es sencillo como ninguno. Le gusta el fútbol y no sé de donde lo saco; a veces me sorprende viéndome fijamente y me pregunto si mi locura no lo contagio. Es un mudo insurrecto, vive fuera de casa y muere en ella; no sabe convivir quieto, tiene una imaginación intolerante, que no sé como canalizar aún. Espero no perderle en ese sentido. Tengo miedo de no ser una buena madre para él y encausarlo, pero sé que su padre le lleva por buen camino. Su ternura es sinónimo de hombría. Me gustan los hombres tiernos, me hacen querer ser pantera y gata, aunque me vuelven mejor una perra con doble fila de dientes. Hay pocos seres humanos capaces de transformarme en perra, sus ojos son fuente de mil afluentes y yo soy perra si los hieren. Mi hijo tiene una novia de siempre, creo que cuando el destino lo mande, la traerá a casa; es su destino, al menos por ahora, si Dios dispone otra cosa, será extraño, ella vive con nosotros desde los 5 años, mi hijo la trajo a casa pintada en una hoja del jardín de niños y aún duerme con ella bajo su almohada. Mi hijo siempre será mi bebe, su mundo va a empezar a cambiar pronto, pero amar tanto a una mujer y esperarla de esa forma, siempre redunda en ver brillar sus ojos. El la ama y yo también. Mal rayo me parta, son dos niños que crecen a mi vera y yo soy la romanza misma de las tormentas.
Tengo otra hija, una que nació del vientre de otra mujer y nació para robarse el destino de su propia conciencia. Es un bombón enojado y furioso, cuando canalice su materialidad será toda una mujer, lo sabe y se prepara para ello. Su madre es una mula, siempre lo ha sido; ojala pronto encuentre su sueño, se lo trozaron una noche y nunca la he visto más triste que entonces. Su vida es un pasaje insospechable, nadie entra, nadie sale, aunque vivimos dentro de ella, como aquella felicidad que se le escapo de las manos y que la mantiene curiosamente cuerda. Tengo demasiados hijos, demasiada familia, demasiados conocidos, todos son tan distintos como yo misma. Contarlos uno a uno, sería vivir de nuevo y prefiero perder el tiempo en verlos a los ojos que verlos morir en mi memoria.
Amo al hombre, pero no soy su madre, solo su esclava más innecesaria. Amo al hombre que me sofoca en la meta de mi destino, no lo conozco pero sé que existe. Algunas veces lo creo en mi palabra, otras en mi memoria, otras en el brillo de mis ojos. Algunas veces lo desafío y encuentro su rabia, no me preocupa, sé que se conoce a si mismo, que llegará a mis manos, cuando su madurez le sea la cuerda de un camino de dos soles y dos lunas; ya hace 40 años que vaga por propio capricho, pero le tendré a mi lado cuando ambos estemos listos para admitirlo, no antes, ni después. Espero que sea más antes que después, ya me debe 40 años de vagancia y su cuenta se hace cada vez más grande. Cabrón, si sigue tardando lo acusaré con su abuela, de seguro le tirará las orejas y la lengua y le dirá que es hora de sentar cabeza; su abuela me encanta, de seguro ha de estar panchando con la mía y tejiendo chambritas llenas de estrellas.
Mi vida es irritable e irrisoria, camina en sombras y en oscuridad aunque la luz viva frente a mí y tras mío. El médico de mi pueblo lo sabe, nunca me ha visto en su consultorio. Tampoco me ha visto el cura, pero ambos saben que en algún momento, les visitare; al primero para ser madre de aquel destinado para mí; al segundo para mentarle la madre y decirle que Dios es un escupitajo, pero que aún así es lo máximo sobre la tierra y en el universo de los sueños irreales.
El diablo es otra cosa, ese bruto me conoce; sabe del pie del cual cojeo y cual mano puede abofetearlo, así que no me preocupa, ya conoce lo que soy y sabe con que puede sonsacarme y hasta donde puedo llegar por morderle la cola y robarle los cuernos. Después de todo, soy una ladrona de hechos y los hechos míos solo son plumas sin tinta.
¡Dios, amo mi vida y odio la existencia tan irreal de mi propia cordura.!
Odio la mediocridad de mi vida, pero la amo tal cual es, porque me forma una mirada caracolera que sofoca mi propio existir cuando la encuentro.
Yo también puedo decirle al mundo que lo odio y lo amo; total, soy culpable de todos los hechos de la historia del hombre y darle razón sin justificar mi carcajada, sería herir al tiempo que todos llaman futuro. Ya lo sé, el futuro no existe, se crea; pero Yo Zulema lo forme en mi pasado, por eso no me interesa lo que me digan de él, ¡por eso puedo morir ahora mismo y decir en el transcurso de mi propio juicio. “Soy culpable, Señoría”!
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Daanroo